domingo, 7 de abril de 2013

Autobuses.


No recurriré a la metáfora del tren, pero tampoco seré muy original, así que hablaré de autobuses. Después de muchos años buscándolo, conseguiste que un autobús, en concreto, tu favorito, aparcase en tu estación. Estabas deseando que lo hiciera. Y si a eso, le sumas la novedad, pues los primeros meses los pasaste cuidándolo, lavándolo, conduciéndolo cada vez que podías. Resumiendo, era tu autobús y pasar las horas muertas a su lado, te encantaba.

Sin embargo, el efecto novedad llegó a su fin y los días que pasabas en la estación, con tu autobús, eran cada vez menos. Ya no te importaba dejar tu visita para las nueve de la noche, ni siquiera adelantabas la cita con los demás para poder estar más tiempo con él. Lo normal es que el autobús se haya ido estropeando poco a poco, hasta que llega un momento en el que, por mucho que lo intentes limpiar, las manchas de óxido no se quitan.

No puedo decir que se te vaya a escapar el tren, porque hablo de autobuses. Pero, a lo mejor, cuando vayas a volver a conducir tu querido autobús, porque lo quieres, ni siquiera arranque. Por supuesto, que si no te lo roban, quizás nunca se vaya de tu estación. Pero, ¿te conformarías con un autobús que no puedes conducir? Estará demasiado degradado como para poder sacar lo mejor de él.

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