lunes, 8 de febrero de 2016

Repetidos

Tantos y tan pocos. A algunos les da miedo ver una piel llena de lunares. Y no parecen demasiados, pero si te pones a contarlos es imposible acabar. Siempre hay uno más. El que fumaba en la ventana mientras yo me metía en su cama, el de la barba descuidada, al que me gustaba mirar, el que tenía novia, el que me habló al oído por primera vez, el que por primera vez me escuchó y al que me gustaba escuchar tocar.

Todos tienen hueco, solo hay que seguir la línea de puntos. Está también el último del que me acordé, o el que se quitó la camiseta en medio del cine, el que llevaba rastas, el que se las cortó, el que sorprendía con algún mensaje de texto, el que me rechazó, el que escribió su particular despedida en un folio en blanco, el que se fue sin decir adiós, el que simplemente desapareció e incluso el que nunca existió.

No dejan de salir y siempre hay hueco para uno más. Subiendo por las piernas está el que me hacía reír pero no me gustaba, el que me rechazó porque éramos amigos, el que de vez en cuando me recuerda lo divertidos que fueron los diecinueve años, el que me llevó a la azotea más bonita de la ciudad, por el que me fui al rincón más horroroso del pueblo y el que un día me dijo que sí, pero finalmente fue que no.

Tan solo baja por la espalda y olvídate de los brazos. Faltaba el que tenía pánico a los aviones, el de aquel entretenido viaje en autobús, con el que me daba la mano mientras veíamos un documental en clase, el del nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien, el que no se las aguantó, el que pasó sin llamar, el que se quedó a dormir pero no está, el que sigue doliendo y el que me mintió. Y da igual porque yo tampoco estoy diciendo la verdad.

Eso sí, también estás tú, una noche de verano dispuesto a llegar hasta el final. Pero no, qué va, todavía no ha llegado el que los sea capaz de volver a contar y yo ya no sé si siguen siendo noventa y nueve.

miércoles, 27 de enero de 2016

Yo cerveza y tú, café

Acabó saliendo del revés. Ella me habla de su miedo a darse de boca contra el suelo y yo le digo que la caída siempre llega cuando dejas de pensar en ella, justo en el momento en el que te has acostumbrado a volar. Tú pensando en lo bonita que se ve la ciudad desde allí arriba y la otra persona dejándote caer desde un quinto. Interior. Izquierda.

Puede que haya salido bien. Que sí, que da igual que fuera no esté nevando, que te hayas quedado fumando en la ventana o que llegues tarde al trabajo. No sé dónde caerá esta ceniza, pero ha merecido la pena. Tiene que ser así. Porque los principios son bonitos, los finales jodidamente tristes y las promesas nunca se cumplen. Cuestión política, dicen.

El caso es que yo pedí cerveza y él, café. Demasiado barco para tan poco jinete, pensé. Además, que siempre fuimos más de piratas y el mío, últimamente, se quitaba mucho los pendientes. Prefería camiseta y sudadera. Igual que él preferiría que yo no lo dijera. 

Lo peor no es eso, ¿sabes? Lo peor es que en la noche más horrible de esos malditos días, me acordé de ti. Prometí llamarte si volvía. Y ni una cosa ni la otra. Lo suyo está enterrado debajo de la cama, pero para lo nuestro puede que todavía tengamos tiempo.

jueves, 14 de enero de 2016

Latido a latido

Todos me miran y yo no sé qué coño les pasa. Quizá hoy tengo cara de haberme levantado acompañada, o tal vez sea el enorme grano que decora mi cara. Qué más da. Creo que tu jersey me sigue quedando bastante bien.

Él me pregunta si quiero y yo le contesto con ese mismo verbo. Porque sí. Porque suena bonito. Mucho más que el si te apetece. ¿Te acuerdas? Es de cuando me enseñaste que era mucho mejor ser el presidente de la República de los Magos que de Reyes. No sabes lo que me gustó.

He dejado de soñar contigo para hacerlo con el chico que me emocionó tocando en uno de los vagones del metro. Con él y con muchos más. No me acuerdo de cómo besas. Marzo. Te sorprendería saber el número. Igual que a mí me sorprendías al hacerlo. No hace falta que preguntes el qué.

Dicen que las personas vuelven justo en el momento en que las olvidas. Yo todavía estoy esperando. En serio, los hay que creen que si algo se acaba, no merecía la pena. No han entendido nada. A lo mejor fueron siete. ¿Acaso no sonreímos lo suficiente? Y con mucho gusto.

lunes, 11 de enero de 2016

Telarañas

Los planes de vida no se llevan a cabo, las promesas son para incumplirlas y los te quiero nunca son para siempre. Todo mal. Con lo que cuesta llegar a ellos y luego no valen para nada. Su risa sigue siendo la más graciosa que he escuchado en mi vida y parece que todavía es él el que pone música en casa, aunque nunca fue nuestra, aunque ahora siempre duerma a oscuras. Sé que lo entiendes.

Ordeno la habitación muy de vez en cuando y los abrigos continúan colgados en la silla del escritorio que una vez fue mío y otra suyo, pero que jamás he utilizado en todos estos años. Siempre fui de estudiar sobre la cama, otra de las cosas que odiaba. Como yo el temblor de sus piernas.

Uso la tercera persona, aunque todavía eres la primera. Ni siquiera me está suponiendo un esfuerzo. Tienen razón todas. Las que dicen que con el tiempo deja de doler, las que mantienen que hay personas que siempre lo hacen, las que te hablan de lo bonitas que son las segundas oportunidades e incluso las que creen que no valen absolutamente para nada. Hay veces que nunca llegan.

Es verdad. Si he guardado en la caja del portátil cada uno de tus recuerdos, por qué sigues aquí. Tengo tres libros a medio leer y puede que tenga miedo a acabarlos. ¿Alguna vez lo has sentido? Da igual. Era más fácil contigo, pero sigue siendo sin ti. Sé cuándo soy injusta. Abre la ventana. Esta vez sí, creo que ha dejado de llover.

sábado, 2 de enero de 2016

Seguimos sin saber perder

Llegó con la fuerza de siempre. Con la del treinta y uno, pero más intensa que nunca. De forma breve pero de muchas formas, así llegó. La de mis primeras Navidades sin ella, la del mensaje de felicitación que nunca llegó, la del que sí lo hizo pero decepcionó, la de cada vez que abría la puerta y no estaba, la de la falta de sorpresas, la del amor que se acabó, la de la indiferencia, la de acordarme de ti sin echarte de menos, la de la verdadera despedida, la de bajar cinco pisos de escaleras, la de mi vida sin ti, la de mi me contigo, la de los últimos versos que te escribo, la de plagiar a Sabina.

Si quieres todavía llego a tiempo de poner la mesa, tu solo tienes que encargarte de preparar la ensalada. Pongo el vino. Tú las ganas. Dime que sí. Que fallamos, pero en el fondo hemos acertado. Lo sé, lo sabemos. Solo tienes que contar hasta diez. ¿Lo ves? Ya se te han pasado las ganas de hablarme.

Esto son solo nervios, ya sabes. Los de las idas y venidas, los de las esperas en los aeropuertos, los de quedar con alguien, los de subir las escaleras corriendo para matar el gusanillo, los de las caricias en la parte de atrás del coche, los de volver a ver a otro alguien, los del primer beso, los del último, los de no reconocer unos labios, los del miedo a olvidarte, los de las miradas intensas, los que hacen que el tiempo se pase volando, los de aguantarme la sonrisa, los de las entrevistas de trabajo, los de no querer irme nunca y los de no poder callarme que me hubiera gustado quedarme para siempre.

Se nos ha hecho tarde, sí, como decía ese texto. El vino está picado, los canónigos de color marrón y se te ha vuelto a olvidar comprar el queso de cabra. Sabía que lo hacías adrede. No importa. Ya van dos. La bombilla sigue rota, el cielo ha vuelto a ser azul y hace tiempo que aprendí a perdonar. Me quedé los libros de francés, tú quédate el pijama que perdí.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Ya casi hemos llegado

Olores. Sí, eso, los olores. De eso quería yo hablar. De cómo me mantuve fuerte hasta que me entraron los recuerdos por la nariz. Yo, seria y sin haber derrochado ni una sola lágrima me creía capaz de regresar a su casa sin que se me moviera una pestaña, pero claro al final casi las pierdo todas.

Y es que entran de forma especialmente fuerte por ahí, por la nariz. Por eso lavé toda la ropa que me devolvió, por eso tiemblo cada vez que huelo una colonia parecida a la suya e incluso quizá, por eso, no he vuelto a comprar ese desodorante tan jodidamente bueno. 

No pude evitar pasar hasta el fondo, tumbarme en la cama y oler las almohadas. ¿Ves? Tampoco es para tanto. Lo de después ya es otra historia. Claro que llevo esa fragancia tan tuya clavada en las sienes, claro que se me revolvieron las tripas al volver a tu casa, claro que tuve que salir corriendo para no sentir cómo me rompía por dentro. Y claro que lo sentí.

Sentí el olor de la lasaña de los fines de semana, el de las Lays Vinagretas en el aperitivo de los domingos, el de habitación cerrada con la persiana subida, el de los pañuelos usados en el escritorio, el de las zapatillas en la ventana, el del caramelo en las cenas de Navidad, el de recién salido de la ducha, el del beso de despedida por las mañanas, el de tus labios, el de tus pestañas, el de tu nariz, pero sobre todo el de tu barba. 

La que se me quedó clavada aquel día en uno de mis brazos, la que me hizo preguntarme cómo iba a hacerlo el día que tuviera que sacarte de mí, que dejarnos atrás, que aprender a vivir sin ti. La que me dejaba la cara y el pecho irritados, la que tantas veces te decía que te quitaras, la que me enseñó que no hay nada lo suficientemente clavado en la piel que no se pueda sacar con unas buenas pinzas.

martes, 15 de diciembre de 2015

Sobró el vino

Hoy había tenido que hacer memoria. ¿Dónde fue aquella cena en la que por primera vez pidieron vino para cenar? ¿Iban abrigados, era verano? Ni siquiera recordaba en qué época del año había sido, aunque reconocía que la mayoría de los días vividos juntos fueron de calor.

Pero lejos de eso, nada más. No fue consciente de que el bote de Nesquick se había acabado e incluso lo tiró. Y eso que estaba en portugués y quería conservarlo como un recuerdo bonito. Como el de los pies a orillas del Duero mientras la noche caía en Vila Nova de Gaia. 

De todas esas encantadoras casas cualquiera le hubiera valido para vivir a su lado. Nunca se lo dijo, pero estaba dispuesta. A dejar la ciudad en la que se conocieron, el país que les hizo sufrir e incluso el continente cuyos límites no conocía demasiado bien.

Eso ella, claro. Porque él, él lo sabía todo. Seguramente a estas alturas ya sepa hablar en todos esos idiomas raros que le gustaba aprender. Da igual. Ya se ha ido. Se fue. Pero es que hoy se había dado cuenta de que había conseguido echarle. Daba igual que todo lo vivido fuera mentira. Como daba igual que aún por las noches se durmiera con las ganas de que se presentara en casa de madrugada porque, ahora, la mayoría de las madrugadas la pillaban despierta.