jueves, 5 de marzo de 2015

Mariposas en el estómago, dicen

A veces me despierta por las noches con la sensación de que estoy perdiendo algo en ese preciso momento, otras simplemente me recuerda que algo malo está pasando y que por eso me siento así. Muchas veces he sentido como se deshacía, retorcía y se hacía pequeña hasta que vomitaba. Otras simplemente me indica que tengo hambre.

Sí que es verdad que alguna vez me ha avisado de que podía enamorarme, me ha dicho ojito con lo que estás haciendo que de ésta ya sí que no sales, y casi siempre me deja comer tranquila. Se queja poco es cierto.

No entiendo por qué sólo se le da el mérito de tener mariposas, cuando la mayor función que cumple es avisar de todo lo malo. Me duele si puedo recibir un correo borde de un profesor, me duele si el número que me está llamando puede ser el del jefe, me duele incluso cuando soy yo la que llama y no encuentra respuesta. También mientras espero una respuesta.

Acumula todos los nervios, tensiones, agobios, todo eso que algún día fueron mariposas. O tal vez nunca hayan sido mariposas. Sólo el aviso de que algo malo te va a pasar. Y vuestra tripa, ¿qué hace?

miércoles, 25 de febrero de 2015

Maldita coherencia

Antes de irme a dormir quería contarte que he vuelto, que muchas veces se escribe por tristeza, pero hay otras que es por alegría. Esta vez no es por nada de eso, es porque quería volver. Porque hoy he vuelto a esa parada de metro. La de primer año sin él, la de mi primer año contigo. Porque he recordado qué se sentía cuando alguien te coge de la mano mientras esperas a tu tren y porque mis noches son peores cuando no tengo a nadie a quien echar de menos.

Cuando peor he estado, no he entrado. Siempre fui de aprenderme la lección. La misma que dice que no debes hacer daño a la gente que quieres, la que explica que te tienes que sentir mal cuando decepcionas a alguien...Y la que me ha enseñado todo este tiempo a mantenerme tan lejos de ti que hasta ha habido días en que te he empezado a olvidar.

Sólo volvería por ellas. Por mis personas, por mis mujeres. Siempre hay tres en las que pienso cada noche antes de acostarme. Eso es lo que iba a hacer, ir a dormir. Permíteme, al menos, que esto lo siga haciendo a mi manera. Que la tuya no hace más que joder. Que doy gracias por no haber tenido tiempo de aprender esa lección.

sábado, 24 de enero de 2015

Casa

Y llegas ahí otra vez, al mismo acantilado, al de hace unos años, en el que también estudiabas inglés, pero pensabas en personas diferentes. El que te hacía respirar aire puro para poder preguntarte a ti misma qué estás haciendo con tu vida, a quién echas de menos y si estás cumpliendo alguno de tus sueños.

Y una vez más te tratas de convencer de que mereció la pena, de que nada de esto habría ocurrido si estuvieras en casa y te acuerdas de las personas que nunca habrías conocido. Y te lo vuelves a repetir. Que sí, que ha merecido la pena, cuando en realidad no ha habido pena, sólo que no has estado en casa. A veces te has sentido como si estuvieras allí, pero no era tu casa.

Y no importa. No importa si te equivocaste viniendo, empezando, eligiendo, terminando o dejándolo. No pasa nada. Porque siempre vuelves, una y otra vez, a ese acantilado en el que ya has estado, a punto de dejarlo todo, de vaciar tu mochila allí mismo, de empezar de cero.

Y nunca lo haces. Simplemente te vas unos días a casa. Allí no te pueden pillar.

martes, 25 de noviembre de 2014

Entre bailes y vinos

Y una noche llegamos a aquel pequeño restaurante, si es que acaso se le puede llamar así. Y pedimos vino, y bebimos. Dos copas, tres, cuatro. Y me preguntó que cómo estaba. Le contesté que bien, pero que le había echado de menos. A él y a todas las cosas que habíamos dejado de hacer antes de aquella cita. No sé. Que había dejado de reír como antes, de escribir como antes, de sentir como antes, de vivir. Como antes. Como antes solíamos ir a cenar y a reír. Y a bailar. Y sentíamos. Pero que bien, dejando a un lado eso.

Que creía que nos habíamos hecho mayores. De golpe. Habíamos pedido vino. Para cenar. Vino. Y sin embargo, todo había vuelto a ser como antes. Habíamos sonreído, quedado en un parque, andado hasta aquel restaurante y visto un partido de fútbol juntos. Fútbol. El que tan poco le importaba y que tanto hizo por nosotros. Blanco, azul. Veinticuatro veces blanquiazul. Veinticuatro veces mejor que el día en que le conocí, tres chupitos más que la noche en que empezamos a bailar, un periódico más para nuestra colección.

Y giramos. Giramos como nunca. Y nos despedimos como siempre.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Desmontable

La lluvia sonaba como las agujas del reloj que nunca llegó a pararse, siempre en funcionamiento, con ese maldito ruido que indicaba el momento en el que pasaba una hora más. Él seguía sin llegar y ella continuaba sin entender por qué cada vez volvía a casa más tarde. Hasta que llegó un día en que no lo escuchó entrar. Y por la mañana no le dio tiempo a verlo, pero cómo iba ella a pensar que él no había dormido en casa. No. Imposible. Él no era de esos. Él mismo lo dijo. No hablaba con ella, pero le escuchó. Y le creyó.

Sin embargo, la mayoría de las veces, nada es como crees. Él no había dormido en casa, ni avisaba de por qué no llegaba, ella espiaba conversaciones que no llegaba a entender y se iba a dormir con la esperanza de que nada cambiase. Pero hay presentes que nunca llegan a ser futuros y futuros que sólo son presentes.

Le dijeron que era lo mejor, aunque había dos caras que no se creían el mensaje. Ella escuchó, asintió e hizo sólo una pregunta. La vida, dijo él. La puta vida. Le puede pasar a cualquiera. A cualquiera, por supuesto que sí. Romper tres corazones de una tacada e irse a dormir. Ni siquiera pudo decirle adiós, porque nunca supo en qué momento se había empezado a ir.

martes, 21 de octubre de 2014

Ni título ni aniversario

Y quién me lo iba a decir, ¿verdad? Que iba a acabar adorando tu risa tanto como odio el nerviosismo de tus piernas. Que iba a haber un mapa en el que señalar los lugares visitados y un dibujo de Ratatouille en mi pared. Porque ni siquiera cuando me dijiste que ibas en serio empecé a creer que así fuera, pero he acabado en tu nueva habitación sonriendo con una canción en catalán y planeando asistir a un concierto en euskera.

Tal vez fue aquel viaje escuchando a Quique González o quizás el primer regalo envuelto en papel de periódico, qué sé yo. Tu saber hacer las cosas tan bien sin pedírtelo o esa maldita cama tan helada en la que apenas podía dormir. No sé si entre todas estas cosas hay alguna razón. Mis días libres, tus enfados o el primer beso. Robado o cedido, da igual.

La primera llamada de madrugada, el verde de tus ojos rojos o un par de Super Bock en cualquier terraza de Lisboa. Un buenas noches en ruso, aquel neska polita o escucharte hablando alemán. Creo que sigo sin encontrar el por qué. Incluso he llegado a una comida en la cafetería de mi universidad y unos chupitos en la Chocita, pero sigo sin entender cómo ha pasado.

sábado, 18 de octubre de 2014

Prometo algo bonito

Yo no tengo nada. Se acabó. Llevo unos días intentándolo, pero no hay nada más que tenga que decirte. Mi habitación es más pequeña, pero puedo decorarla. Ceno acompañada de una sonrisa y me gusta pasar tiempo en casa. Quizás fuimos demasiado ingenuos. No sé qué es lo que pretendíamos. Unir algo que llevaba años separado no fue buena idea. Menos buena aún si pensamos en eso de que ya no éramos los mismos. Ni yo te miraba con admiración ni tu eras el héroe de las aventuras que me gustaba contar.

Y es que nunca me gustó hacer las cosas porque me convienen. Igual que tampoco me gusta saludar a algún imbécil solo porque en el futuro me pueda ayudar. Creo que es un poco esto, ¿no? Que yo no sé poner buena cara a las personas que no me gustan. A veces lo he hecho, sí, pero me queda muy forzada.

A otros, sin embargo, les encanta eso de hacer que todo va bien, que por ellos no se han torcido las cosas. Aparentan ser tan perfectos que hasta se les ha olvidado que los que pisaron el castillo fueron ellos. Incapaces de tener emociones en privado, pero los más cariñosos cuando hay veinte personas mirando. No sé si es casualidad, pero sigo empeñada en mi ejemplo a no seguir, que es mucho más útil.