lunes, 1 de julio de 2013

Pongamos que hablo de ti.

Cuando me apetece mucho escribir, pero no consigo hacerlo, lo hago de ti. Podría hacerlo de las veces que me has llevado y traído del colegio, de aquellas otras en las que no pudiste hacerlo porque tenías que sacarnos adelante o de nuestros caminos a la playa en el coche.

No me olvido de la época de rebeldía por la que siempre se pasa y que tuviste que asumir sola. Afortunadamente, me llamaste la atención cuando lo tuviste que hacer. Desde entonces, hemos pasado mucho. Tanto que ni siquiera recuerdo cuando empezaron los problemas. Me imagino que se nace con ellos, aunque no seamos capaces de asumirlos.

Podría pasar después a hablar de mis viajes constantes en tren para poder pasar el fin de semana a tu lado. Los madrugones que nos damos los sábados para poder pasar una mañana de compras juntas. Y sí, ir de compras, la mayoría de las veces, significa ir a mirar ropa en las tiendas. De las tardes tumbadas al sol, de los días en el fútbol sala, de los conciertos a los que nos hemos acompañado y de las muchas lágrimas que me he tragado en cada despedida en la estación.

Por último, también podría hablarte de lo mucho que te necesito, de lo imprescindible que eres en mi vida y de lo importante que eres para todos los que estamos a tu alrededor. Mi mal genio no es cosa tuya, pero sí ser una persona sensible. Por eso, como sé que vas a leer esto, podrás emocionarte, porque esto que también es tuyo.

martes, 25 de junio de 2013

Su no tan querido paraguas.

Después de tanto tiempo lo que le parecía más triste es que solo tenía de recuerdo un mísero paraguas. No sonrisas, abrazos, momentos divertidos, serios...Nada, un paraguas. En realidad ninguno de los dos quiso tener más que eso. A pesar de todos los meses que pasaron juntos en aquel lugar extraño que nunca sintieron como su casa, lo único que recordaba era ese dichoso paraguas.

Por mucho que pensaba no recordaba que día lo compraron, ni a donde iban juntos cuando les pilló la tormenta. Ellos nunca salían juntos. Compartían casa, pero nada más. Un chaparrón les pilló la sorpresa y a toda prisa entraron en una tienda cualquiera. Los dueños de aprovecharon del mal tiempo para subir un poco el precio del artilugio.

Pagaron y se fueron. Nunca recordó a dónde. Los días de lluvia pasaban y el paraguas fue haciéndose suyo. Tras años usándolo, una mañana no lo encontró. Pensó donde lo podía haber dejado y, entonces, lo vio claro. Se le olvidó en aquella tienda cualquiera. En esa donde solo vendían paraguas amarillos, en la que se quedó el único recuerdo que compartían y el que nunca debieron tener.

sábado, 1 de junio de 2013

¿Los parques? Con toboganes.

Lo bueno que tiene que miles de personas pasen por tu vida es que tienes la certeza de que las que se quedan, lo harán para siempre. Probablemente serán cuatro o cinco, no creo que más de seis, pero serán las mejores.

Cuando cambias de ciudad puedes sentir miedo por creer que no encontrarás nunca tu sitio. O puede que tu único deseo fuera salir de ese maldito sitio que te ha tenido atada toda tu vida. El caso es que conoces a personas de las que te puedes llevar un trocito para el recuerdo, otras que no olvidarás porque las odiabas y otras a las que nunca te tenías que haber acercado porque cuando se suele soltar veneno, se hace en todas direcciones.

Pero esas cuatro personas, o cinco, o tres, cuyos rostros te vienen a la mente cuando hablas de amistad, estarán siempre. Ni siquiera hace falta que las cuides, ellas saben hacerlo. Las personas, tus personas, estarán ahí siempre. Como los toboganes en los parques. O eso espero. Lo de los toboganes, digo.

domingo, 26 de mayo de 2013

Que me remuevas.

Y que te remuevan el estómago, toda la vida. Que te lo remueva recordar el primer día en que hablasteis. La canción que creías que os acompañaría toda la vida y la posibilidad de volver a veros. Como cuando eres pequeña y los nervios te matan ante el inminente partido de fútbol que estás a punto de jugar.

Sonreír. Que te sonría. Que los primeros días no seas capaz de aguantarle la mirada y que una mentira suya derrumbe todo tu mundo. Como cuando eres pequeña y tus padres deciden que os vais a vivir a otra ciudad, que ya no tendrás amigos de toda la vida, porque a tus amigos de toda la vida no les volverás a ver.

Que te coja de la mano, y te abrace cuando te haga falta consuelo. Que te seque las lágrimas, pero que también sea capaz de cabrearte como solo esa persona sabe hacerlo. Tener la necesidad de escucharos, como necesitas escuchar la voz de una madre cuando estás al borde del colapso. Y que os reconozcáis, sobre todo, que os reconozcáis.

viernes, 24 de mayo de 2013

En última posición.

¿Alguna vez te gustó quedar en última posición? No creo, por mucho que se hayan empeñado en repetirnos una y otra vez eso de que lo importante es participar. Participar sí que nos gusta, nos gusta participar en todo. Pero la última posición te deja un sabor raro. Pues yo conozco a una persona que no, que quedó última siendo feliz.

Decisión de última hora y la mandaron al tapiz. A ella, la más pequeña de todas, a la que su madre le hacía los maillots. Demasiado pequeña para sentir nervios, demasiado delgada como para hacerlo mal. La grada la vitoreaba. Y sí, por grada entendemos a familia y amigos. Así que salió allí e hizo lo mejor que pudo. Lo mejor que pudo hacer la dejó en última posición.

Ni se enteró. Todas sus compañeras, en el banquillo, aplaudían. Su madre, desde la grada, se mostraba orgullosa de su niña, que mira que iba guapa con el maillot que le había preparado. Su entrenadora la recibió feliz. Ella, emocionada por el revuelo, preguntó: "¿Qué puntuación tengo?¿Cómo he quedado?".

Demasiado pequeña para contestarle. Demasiado como para decirle la verdad. Pero también demasiado pequeña como para, una vez escuchada, entristecerse.

lunes, 20 de mayo de 2013

Malas sensaciones.

Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en malas sensaciones es sin duda la de tener arena en los ojos. Sobre todo, si alguien te la ha lanzado. Escuece, y mucho. Sientes cómo tus preciosos ojos se rasgan por dentro con esos minúsculos granos de arena. Creo que esa es una de las pocas cosas que no me gustan de la playa.

Tampoco me gusta cuando el frío se te mete en los huesos y no hay forma de sacarlo. ¿Quién puede dormir con los huesos congelados? Ni siquiera se puede pensar...Y qué decir de cuando vas tan decidida a tu armario de la cocina, donde dejaste tu aperitivo favorito, lo abres y no está. Da rabia, y mucha. La misma que cuando intentas hablar y solo te salen lágrimas.

Que chirríen los dientes también me parece algo insoportable, al igual que cuando alguien se dedica a decirte lo que tienes que hacer constantemente. Sin embargo, de todas las malas sensaciones que tenemos en la vida, creo que la peor es la del dolor de tripa. Por amor, miedo, problemas familiares, estudios...Dolor de tripa. Mucho. Nervios que se acumulan en el estómago y se enredan sin ni siquiera saber cuál es la razón de ello.

Pero pasa, y mucho.

viernes, 10 de mayo de 2013

Cierra la persiana antes de irte.

A la mañana siguiente, abrió los ojos y sonrió. Raro, ¿verdad? No había bajado la persiana la noche anterior. No lo hizo porque él nunca lo hacía. Volvió a sonreír. Había perdido a la persona más necesaria del mundo y, sin embargo, sonreía. ¿La causa? El dolor de saber que, a partir de ese día, él tendría que bajar su persiana siempre. Porque, ahora sí, sentiría de verdad lo que era echar de menos.

Tantas veces había estado triste por cualquier tontería. Tantas otras había llorado por cualquier persona. Tan mayor y con tanto vivido, se creía. Y ahora, todo eso se quedaba en nada. Ni el que creía que había sido su verdadero amor, lo era. Ni los días que sintió la añoranza, ésta había sido tal.

Su vida se había quedado coja. Coja para siempre. No pensaba en el futuro, solo miraba al pasado y se reía de todas las experiencias vividas. Experiencias que no habían servido de nada. Ni aprendió ni maduró.

Sabía que nunca volvería a ser el mismo. También, que no volvería a mirar al resto de personas con los mismos ojos. Tampoco les escucharía. Eso no eran problemas. Ni siquiera merecían llamarse así. Como buen egoísta, no dejó que nadie le viera llorar ese día. Sonreía. Sonreía y pensaba: "Esto sí que es una lección. Gracias".