domingo, 15 de septiembre de 2013

Mezclados saben mejor

Hoy era él quien iba a comer a su casa. Su madre había preparado espaguetis, pero ella no había avisado a Pablo de que eran a la carbonara, solo había dicho que comerían espaguetis.

Cuando él vio aquel plato encima de la mesa, se asustó. Esos espaguetis eran blancos, ¿dónde estaba el tomate?

-¿Esto son espaguetis? -preguntó Pablo-.
-Pues claro. ¿No los ves? -replicó Claudia-.
-Pero yo pensaba que eran espaguetis con tomate, los de siempre.
-Pues no lo son. Son a la carbonara. Seguro que te gustan, mi madre cocina estupendamente.
-Ya...Pero llevan bacon y esa salsa...No sé.
-¡Tiene queso! ¡A ti te gusta el queso! ¿Por qué no los quieres probar?  Son unos simples espaguetis. ¡Siempre igual! Como cuando no quieres comer de las fresas que llevan azúcar.
Claudia se hartó de esperarle y empezó a comérselos ella sola. Le encantaban, no tenía por qué esperarle. Además, seguro que él se los dejaba. Mejor, así tenía para el día siguiente.
-¡Pero es que no me gusta el bacon!
-Pues no se lo puedes quitar. No comas. Quédate con tus espaguetis con tomate de toda la vida, que esos sí que sabes que te gustan de verdad.

Claudia fue al frigorífico, sacó el bote de tomate frito y lo echó por encima de los espaguetis de Pablo. Él sonrió. Le encantaba verla enfadada, así que se comió los espaguetis.

Y no le gustaron, pero le hicieron feliz.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Lentejas.

Empezaré por contarte algo que sí que se hacer bien y, eso es, hacer las cosas rematadamente mal. Exagero, sí. En mi día a día, lo hago todo bien. En lo demás, todo mal. Y sí, exagerar está entre esas cosas.

Como siempre me gustó controlar mi vida, no soporto ver cómo se me escapa de las manos. Y más si es por una decisión mía. Yo cambiando las cosas, yo cambiando mis cosas. Increíble, pero cierto. Eso sí, cabezota como yo sola. Cuando se toma una decisión, no se mira atrás. No sé quién me lo enseñó, pero así lo creo. "¿No querías lentejas? Pues ahora te las comes".

Y con gusto, por algo son mi comida favorita. Las he aprendido hacer perfectamente, como todo lo de mi día a día. Decidí comer lentejas y me daba igual si me amargaban. O me empacharan. Las quería.

La pena es que mis favoritas son las que hace mi madre y ella, ahora, está lejos y no quiere hacérmelas. Así que tampoco las puedo compartir. Por eso, prefiero sentarme y odiar. Odiar como veo que todo se me escapa.

domingo, 25 de agosto de 2013

En la 532.

En estos cuatro años creo haber ganado más personas que he perdido. Pero de esas personas que son de verdad. Que te quieren tal y como eres y jamás intentaron cambiarte. Quizás eso fue lo que me cambió, que no me incitaran a hacerlo. Igual que cuando me dicen "vamos a dormir" y soy incapaz de pegar ojo. Siempre hay obligaciones que son imposibles de cumplir.

Ahora tengo a las personas que estarán siempre conmigo, las que me sufren, a mí y a mis decisiones, y las que recordaré toda mi vida. Lo cierto es que nunca una amiga me había sorprendido con un bizcocho lleno de velas para que celebrásemos el cumpleaños juntas, tampoco pensé el primer día de universidad que en la clase número 532 iba a encontrar a dos de las personas más importantes de mi vida.

Siempre envidié a aquellos que decían tener amigos de toda la vida. A mí la vida no me dejó tenerlos. Con nueve años te separas de los que podían haberlo sido y con doce llegas demasiado tarde a la vida de otros. Ahora tampoco me parece para tanto. Aunque todo acabe algún día, siempre me quedarán sus recuerdos.

miércoles, 31 de julio de 2013

¿Lo nuevo siempre es mejor?

Lo nuevo no tiene por qué ser mejor, pero lo que sí solemos hacer es tratarlo mejor. Creo que lo llevo haciendo toda mi vida. Los balones nuevos no los bajaba a la calle para que no se estropearan. Luego llegaba uno nuevo que se quedaba en casa y hacía que el de antes fuera utilizado, pataleado, mojado, en fin, destrozado jugando al fútbol. Y así con cualquier juego.

Cuando llega la adolescencia empieza a pasar con la ropa. La nueva se lava sola, la vieja no importa que se te rompa. Te puedes sentar en el césped que te compraste el año pasado, pero con el que has adquirido esta semana te cuesta más. Eso sí, te acabas sentando.

Y luego vienen los dieciocho, el permiso de conducir y el coche. Y es cierto, el de madre, padre o el de ambos, nunca será tratado tan bien como tratas el tuyo. El nuevo. Pero siempre hay que recordar que no es el mejor, solo es el nuevo.

Esto hablando de bienes materiales. Con los inmateriales, que son los importantes, creo que pasa lo mismo. Lo jodido es que sigues sin diferenciar si lo nuevo es lo bueno, o simplemente lo tratas mejor por ser nuevo.

lunes, 22 de julio de 2013

Moción de confianza.

En el instituto tuve un profesor que siempre nos decía que no había que fiarse de nadie, "ni aunque te dispongas a cruzar la carretera y sea tu padre el que viene de frente con el coche". No sería el mejor profesor, pero cosas de este tipo nos enseñó unas cuantas. Ésta especialmente me parece de obligado cumplimiento. No son los demás los que te traicionan, es la confianza que les tenías.

Por eso, siempre prefiero pensar que todo es mentira y procuro no fiarme de nadie. La confianza es previa a la decepción. Cuando menos te lo esperas, te llevas el chasco. Y es grande.

Tranquilidad. Que también sé que lo de no poder confiar en los demás es una gran putada. Lo sé porque lo sufro. Hay personas que se pasan de inocentes y otras de desconfiados. Siempre he preferido ser del segundo tipo y la verdad es que no me ha servido absolutamente de nada.

Supongo que todos terminamos traicionando la confianza de alguien, pero lo que recordamos es el hecho de que traicionen la nuestra. Será la necesidad de hacer las cosas mal para que las de después, al menos, salgan bien.

Un extraño verano.

Y otra vez los nervios bien metidos en la tripa. No sé si algún día conseguiré que salgan. Muchas veces, molestan. No consigo llegar a Madrid sin pararme a pensar si cuando vuelva a casa, todo seguirá igual. Es culpa de ese miedo terrible a los cambios. Quizás sea porque los grandes cambios en mi vida siempre fueron para mal.

Hay personas a las que les aburre que todo siga igual. A mí me fascina. Los quiero a todos y cada uno de ellos allí, donde siempre, como siempre. Cada domingo, se me encoge el pecho al no poder estar a su lado. Cada domingo en los que sí estoy, procuro disfrutarlos al máximo.

Tres semanas esperando a verles y dos días se pasan volando. Por delante, otros cuatro domingos en los que no estaré y en los que espero que si algo cambia allí, que sea para bien. Nos veremos por mi cumpleaños, como de costumbre. No pienso en si saldré por la noche, pienso que la tarde la pasaré junto a ellos. Riendo y disfrutando, como se disfruta en familia.

lunes, 8 de julio de 2013

Solo era un juego.

Como cada viernes, al despertar, salía corriendo de su habitación, bajaba a los buzones de su portal y cogía su ansiada carta. Tan esperada como cada semana, tan nerviosa como cuando ella le escribía la respuesta. Un sobre blanco e impoluto, con los datos de la joven, los del remitente y un sello.

Mientras subía las escaleras de vuelta a su hogar, abría el sobre. Lo rompía, para qué mentir. Siempre había sido paciente, pero esto la sobresaltaba como ninguna otra cosa. Repasaba su semana contada en sus letras, con fe ciega en ellas, sobre todo en las últimas: Te quiero.

Hacía años que no se veían, ni siquiera habían llegado a besarse. Cuando él se fue apenas tenían once años, les encantaba jugar juntos, darse la mano en clase mientras veían alguna película y pasear juntos por la urbanización. Eso era todo. Y así tenía que quedar.

Ya tenían quince años, pero jamás se comunicaron por otro medio que no fueran las cartas. Así fue que un día dejaron de llegar. La decepción fue inmensa. Para él también, de hecho, no recuerdan quien dejó de escribir primero, pero lo hicieron. Nunca más se leyeron. Ni se vieron. Tampoco volverían a jugar, desde luego. Les quedó el recuerdo, el mejor de todos. Era amistad. Amistad durante la niñez. Amistad de la de verdad.